viernes, 10 de marzo de 2017

Novena a San José

    


     Normalmente cuando alguien pide ayuda es porque está muy necesitado. Esta entrada quiere ser un testimonio de la ayuda que prestan los santos intercediendo por nosotros, independientemente de nuestras flaquezas y nuestro estado de ánimo, siempre tan variable según las circunstancias.     
     Hace algún tiempo un amigo sacerdote me habló de la eficacia de las novenas hechas a San José en relación con un proyecto de apostolado que tenía en mente. Él necesitaba la adquisición de un equipo de impresión digital, algo que escapaba a su alcance por precio, y puesto que acostumbraba a tener a San José como intercesor suyo para los asuntos "laborales", sin más demora comenzó una novena a éste, uno de sus santos predilectos.

     Tal y como había ocurrido en ocasiones anteriores en las que acudió a su ayuda, las circunstancias se dieron para que, al término de la novena, de forma aparentemente casual, alguien contactase con él con motivo de la venta de un equipo de impresión. Resultó que las condiciones técnicas y económicas eran justo las que mi amigo necesitaba y se podía permitir, de modo que transcurrió muy poco tiempo desde que planificó su proyecto evangelizador hasta que lo pudo poner en marcha.
© Galilea, tomado del blog "gotitas espirituales"

     Tiempo después, yo me encontré en una situación también complicada. Resulta que en mis avatares laborales me vi en la necesidad de encontrar una ubicación en la provincia de Málaga donde la empresa en la que trabajo pudiese planificar una nueva unidad productiva. Si bien es cierto que la localidad no dista mucho de mi zona de trabajo habitual, nunca había emprendido una búsqueda así en aquella provincia, y apenas conocía las zonas industriales en las que poder localizar dicho espacio. Me enfrentaba a varios factores que debía resolver: encontrar un espacio adecuado por ubicación y requisitos urbanísticos, que la parcela estuviese disponible para alquiler en unas condiciones muy favorables, y llevar a cabo una tarea de gestión a través de las administraciones locales para poder desarrollar el proyecto en un plazo razonable.

     En las primeras visitas a las zonas de polígonos industriales empecé a confirmar de inmediato mis sospechas iniciales: el suelo bien ubicado ya estaba ocupado, los precios de compra y alquiler eran desorbitados, y al no conocer a nadie por aquellos lares, cualquier gestión para intentar contactar con propietarios de terrenos era tan tediosa como infructuosa.
     Era mucho lo que había en juego, sobre todo en términos de coste de oportunidad, pues encontrar una ubicación idónea con las condiciones correctas supondría un empujón importante a la empresa, empujón del que estaba necesitada. Tardé poco en acordarme de la novena a San José, de modo que, con una gran confianza en la intercesión de este gran santo, comencé a realizarla pidiendo ayuda en esta tarea, sobre todo con el sentido de que todas estas primeras gestiones saliesen favorable y de forma rápida si era para bien; por el contrario, también pedía no caer en algo que pudiese a la larga traer problemas aparejados, antes bien era preferible toparse con un muro de dificultades que me hiciesen desistir del propósito.
     Las cosas "se fueron disponiendo" de tal forma que, en muy poco tiempo, encontré a la persona adecuada que podía atendernos en las dependencias de Urbanismo, la cual a su vez me dio el contacto de un ingeniero con gran experiencia en este tipo de proyectos y que se movía como pez en el agua por organismos y administraciones locales. Ya teníamos los resortes que podrían ayudarnos a nivel técnico, pero aún faltaba lo más importante: localizar una parcela bien ubicada y con buenas condiciones. 
     En este asunto vital, tuve la "suerte" de encontrar a un excelente corredor que desde su agencia inmobiliaria no sólo nos ayudó a localizar parcelas y propietarios, sino que con su experiencia y profesionalidad ayudó de forma importantísima para poder cerrar un acuerdo económico muy favorable. Todo, realmente, más allá de las mejores expectativas.


     La segunda parte de esta historia viene marcada por unos tintes de grandes dificultades que aparentemente vienen a desmontar la ilusión anterior. Esto a veces ocurre, como cuando pedimos algo a Dios y aparentemente nos da lo contrario, y es que a veces es necesario pasar por un proceso que finalmente, aunque sea de forma diferente, acaba redundando en nuestro beneficio. 
     En mi caso, el proceso de tramitación administrativa de nuestro proyecto no para de encontrarse con muros de dificultad que continuamente rompen las expectativas iniciales en cuanto a plazos de ejecución. Sin embargo, tuve una situación parecida en una promoción inmobiliaria hace unos años también en la provincia de Málaga donde un error del Ayuntamiento nos trajo de cabeza con una vivienda durante varios años. Finalmente el error fue admitido y subsanado, y el momento en que la venta pudo finalmente materializarse coincidió con una circunstancia que vino a hacer de este hecho algo favorable.
     Como en aquel entonces, actualmente aún continúo la travesía por el desierto, pero creo que, de alguna manera, las dificultades actuales van a determinar algún beneficio añadido al final de esta historia. Confío en la intercesión de San José y agradezco su protección, al tiempo que recomiendo encarecidamente que, ante cualquier dificultad de cualquier tipo, acudáis a él. No obstante, fue la persona elegida por Dios para hacer de padre de Jesús y cuidar de la Sagrada Familia, y ciertamente no estuvo su vida exenta de problemas (vida humilde, persecución que le llevó a emigrar a Egipto para escapar de Herodes...).


Imagen tomada de www.monasteriosanbenitoestella.com

     Por cierto, aunque siempre hago gala de mi nombre "Manolo", que es como todo el mundo me llama, mi nombre completo es "José Manuel". Saludos.

P.D.: Por supuesto que la novena se puede realizar siempre que se necesite, pero de forma general hay costumbre en muchos lugares de iniciarla el día 10, para terminar el 18, justo antes de la celebración de su fiesta (ver aquí).
     

lunes, 25 de julio de 2016

Don Miguel Peinado Muñoz. Descanse en paz...




  ... Y brille para él la luz perpetua. No me cabe duda de que ya lo hace. Don Miguel disfruta ya de la Luz eterna a la que todos estamos llamados. No son bellas palabras ni un fingido consuelo. Don Miguel se ha reencontrado con aquellos otros familiares y amigos que se acogieron a la Misericordia Divina, y por fin ha podido tener ese encuentro íntimo, cara a cara, con Nuestro Dios y Señor.

     Traté sólo a don Miguel en los últimos años, siendo ya párroco en El Chaparral, donde cumplió de forma ejemplar con el encargo que le hizo nuestro obispo don Javier: cuidar a las familias.
     Poco puedo añadir a algo por todos sabido, como fue su gran formación y conocimientos adquiridos, no sin esfuerzo; pero sí puedo atestiguar su dedicación plena al cuidado su parroquia y sus familias. Para ello, además de su tesón y valía,  se vio también arropado por un grupo de feligreses y amigos muy allegados a él y que han hecho una labor excepcional. Ellos fueron los que le ayudaron en sus tareas y también los que lo acompañaron en su momentos de dificultad.

    Siempre suele decirse en estos casos que es pronto para que una persona fallezca, no sólo por la edad sino también por la plenitud de facultades, pero es el Señor quien tiene en sus designios todas las respuestas. 
     Don Miguel se encontraba en un buen momento como sacerdote, desde el estatus que da la experiencia acumulada y, sobre todo, por qué no decirlo, la pesada cruz que cargaba con paciencia. No hay sacerdocio sin cruz, y don Miguel arrastraba una dolencia pulmonar con un pronóstico incierto desde hacía varios años. Apenas unos días antes de ser ingresado por última vez, mi mujer y yo tuvimos la oportunidad de charlar con él al término de la eucaristía, y al preguntar por su dolencia, pues tenía muy buen aspecto, nos comentó que los médicos estaban cambiándole el tratamiento para intentar hallar la causa de su enfermedad. Daba la impresión de que no era un asunto fácil, y concluyó su explicación diciéndonos: "Estamos en las manos de Dios." 



     Fue la última vez que lo vimos con vida, y ese breve encuentro fue toda una lección de humildad y confianza en Dios, si acaso, la lección más importante que podamos recibir de un sacerdote. Gracias don Miguel, ténganos muy presentes allá en el Cielo.

viernes, 3 de junio de 2016

Los cristianos perseguidos y la Champion League...

    
   
     Sí, puede parecer una broma el titular de esta entrada en un blog como este, pero no lo es. De lo que se trata es de la cruda realidad que evidencian, entre otros, la simple composición y fluidez de los titulares de periódico o las aperturas de los telediarios, y me explico.
       Sin entrar en detalle del importante y muy legítimo acontecimiento deportivo, la semana pasada, con motivo de la celebración de la final de la Liga de Campeones entre Real Madrid y Atlético de Madrid, las audiencias estuvieron volcadas en la retransmisión del evento así como en la celebración posterior por parte del ganador. En esta ocasión, el Real Madrid, con su acostumbrado despliegue de medios, aprovechó el espectáculo para pedir, lo cual no está mal, un minuto de silencio por las víctimas del terrorismo yihadista en Iraq; pero no unas víctimas anónimas, sino varios seguidores de una peña madridista que fueron acribillados por corear vítores y salvas al Real Madrid.

     Que la desgracia sea tremenda y totalmente condenable nadie lo duda, ni tan siquiera es inoportuno que se rindiese tal homenaje en la celebración del campeón de la Champions, pero... ¿cuántas veces y con qué frecuencia ocupan portada los miles de cristianos perseguidos, masacrados, exiliados que se suceden con un goteo espantoso en todas las zonas ocupadas por ISIS?...

      Apenas un día antes del asesinato en estos seguidores del Madrid, una familia cristiana, como muchas otras, fue desalojada de su vivienda por no poder pagar el "impuesto" que exige el ISIS a estas "minorías incómodas". Su casa fue incendiada, como las demás, solo que en este caso, ni siquiera dieron tiempo a que saliera de ella una niña de 12 años que se encontraba en el baño; es más, arrojaron directamente la antorcha al cuarto de baño ocasionándole unas quemaduras brutales de las que no pudo reponerse. Murió horas después en brazos de su madre, y sus últimas palabras fueron "perdónalos..." ¿Cuántos de los telespectadores de la final de la Champion se habían enterado de este suceso?

martes, 23 de febrero de 2016

"Él y yo", el diario especial de Gabriela Bossis

 

        Hace pocos días, tomé por la mañana el librillo de "Él y yo" para leer uno de los puntos de este diario tan particular, como para coger fuerzas para toda la semana, y pensé: "...es que estas palabras me dan la vida, se pone uno las pilas bien rápido...", y rectifiqué: "bueno,  más que el libro, es Él quien transmite esa fuerza a través del libro..."
  Lo curioso (aunque ya estoy acostumbrado a estas "coincidencias"), es que cuando abrí el libro para leer alguno de sus puntos, me encontré con un diálogo en el que nuestra protagonista, Gabriela, se sorprendía de que su diario, puesto por escrito por indicación de Jesús, fuese a ser publicado en vida, cuando ella pensaba que más bien serviría de ayuda espiritual a lectores futuros, cuando ella hubiese fallecido. Y la coincidencia fue precisamente toparme con este diálogo sobre el sentido de fuerza y vida que transmite este libro a quienes lo leen.
    Las palabras, recogidas en su día en la festividad de San Rafael, son las siguientes: 
     " Y, ¿por qué no habría de aparecer EL Y YO, nuestro libro (porque es de los dos), viviéndo tú todavía? ¿Por qué no? Tú has hecho ya construir tu sepulcro y has vigilado todos los detalles. Nuestro libro, que será un libro de Vida, merece que tú dispongas todo lo que pueda ayudar a los lectores. ¿También en esto me vas a ayudar? Comienza hoy, que es la fiesta de San Rafael, el arcángel de las curaciones. Que el arcángel Gabriel añada la alegría y San Miguel la rapidez de esta santa actividad.
     Yo te doy los ángeles de mi Madre, vé de frente. Hasta los extremos de la tierra, estás conmigo."
    
   Pues sí, este es el sentido de este libro, pero empecemos por el principio.


LAS LECTURAS DE LOS MÍSTICOS

  Lo que se denomina "convertirse", supone, en un primer momento, caer en la cuenta de que toda esa musiquilla que viene sonando a través de la fe católica, y de la que tantas veces nos mofamos... simplemente es verdad. Y puesto que al convertirnos la aceptamos como verdadera, entendemos que Jesús está presente de forma física y real en cualquier sagrario de cualquier iglesia por la que pasamos a toda prisa y sin reparo; hecho éste que además de "creerse" puede fácilmente "vivirse", es decir, ser realmente percibido. Esto viene a ser como un primer nivel de impacto emocional que supone un consuelo y alegría enorme, y cuyo efecto dependerá de nuestro grado de compromiso con esta gran Realidad que se ha hecho presente y que lógicamente espera nuestra respuesta.
     A partir de aquí los caminos pueden ser diferentes en función de ese grado de respuesta, pero suele seguir a este encuentro una sed de conocimiento profundo de nuestra fe, lo que puede llevar a la lectura de las obras importantes para todo católico que quiera conocer más: La Biblia (especialmente el Nuevo Testamento),  documentos editados por la Iglesia a lo largo de los siglos, biografías de santos...

     Recuerdo que en su día puse mucho interés en leer obras sobre los místicos que habían sido calificadas por la Iglesia como "compatibles" con las verdades de fe, lo que supone una garantía de veracidad de las mismas. Esto es muy importante, pues entre estas obras se cuelan muchas otras que no gozan de esa presunción, y es que, máxime en estos tiempos, nunca han faltado libros relatando encuentros fantasiosos con el más allá, y que pueden suponer una fuente de confusión enorme para el católico de a pie.

     Entre los escritos de los místicos, me llamó poderosamente la atención la lectura de un librito pequeño llamado "Él y yo", escrito por Gabriela Bossis, una mística muy actual (vivió hasta mediados del siglo xx) y cuya forma de vida se asemejaba  bastante a la de un ciudadano ordinario de a pie (ver diario aquí).



QUIÉN ES GABRIELA BOSSIS

     Los mejores detalles sobre su vida los he encontrado en los prólogos que contienen el mismo libro mencionado. Algunos de ellos hacen referencia a una biografía escrita por una tal Madame Bouchard, y podemos destacar lo siguente:


Infancia y niñez
     Gabriela Bossis nació en Fresne, Francia, el 26 de febrero de 1874. La mayor parte de su vida la pasó en las regiones de Fresne sur Loire y Maine et Loire, su tierra natal. Hija de padres católicos, fue la menor de una familia de cuatro hijos, y podemos decir que fue una niña tímida y sensible, con tendencia a evitar las reuniones familiares y los tumultos. 
     Estudió en el colegio de las Damas Negras, congregación de "Las Fieles Compañeras de Jesús", y entre estas religiosas hubo especialmente una, Johanna Lhermitte, paralizada de las dos piernas, que ejerció una influencia muy benéfica sobre Gabriela. 
     No sabemos en qué momento Gabriele descubrió ese don extraordinario que consistió en escuchar, como una locución normal, la voz de Jesús; de hecho, en su vida adulta Él mismo le recordó esa intimidad que ya desde niña comenzó a tener con Dios, tal y como está escrito en sus apuntes con estas conversaciones: "¿Te acuerdas cuando eras pequeña y me buscabas? Te escondías dentro de un tapiz enrollado que se encontraba en el cuarto detrás de la cocina de tu abuela. Si alguien preguntaba, ¿donde está Gabriela?, tú pensabas: estoy con el Buen Dios." 




Sus dotes de artista
     Con el tiempo, esa timidez se fue transformando simplemente en una vida discreta, y como parte de su educación en el seno de una familia acomodada, pronto aprendió a hacer labores de bordado, y destacó en distintas actividades artísticas: pintaba, esculpía, tocaba música y cantaba.
   Su inquietud la llevó a obtener el diploma de enfermera y prestó servicios en la Misión de Camerún que le valieron una condecoración de la que nunca hablaba. Sin embargo, sus años de juventud fueron pasando sin apenas intuir que en la madurez de la vida iba a salir a relucir un aspecto fascinante de una personalidad inquieta que se deleitaba en la belleza: Gabriela comenzó a escribir y representar comedias, pues poseía dotes extraordinarias de actriz, lo que le llevó a representar sus obras por varios países.



    Según se describe en las biografías, su sentido para la escena era increíble, y sus movimientos muy graciosos. A la vez reservada y sorprendente, se transformaba bajo trajes cómicos o patéticos, según lo requerían los diferentes papeles que representaba. Llegó a ser una persona comunicativa a quien agradaban las reuniones sociales que antes le habían asustado tanto. 
     A nivel personal, sabía apreciar la belleza de las cosas naturales; personalmente se ocupaba del arreglo de su jardín. Su casa estaba siempre abierta a familiares y amigos a quienes colmaba de atenciones. 
     Físicamente, aunque no se podría decir que fuera una belleza clásica, era atractiva, alta, de cabellera rubia dorada. Sumamente activa, su paso era flexible y seguro. Su principal encanto residía en su sonrisa.

Su vida ordinaria
     Se desprende de la lectura de Él y yo que sus rentas procedían de la gestión de algunos inmuebles heredados, y aunque nunca transcendieron los motivos, al parecer no llegó a pensar en el matrimonio. 
     Su vida se descubre, a través del diario, inmersa en sus viajes en diversos periodos, alternando con etapas de estancia más pausada en distintas ciudades del sur de Francia. Estos viajes eran motivados la mayoría de las veces por la demanda de representación de sus obras, aunque también desarrolló en otros periodos una vida muy metropolitana y parecida a la de un ciudadano cualquiera en nuestros días. A lo largo del diario, la encontraremos viajando en tren, dando un paseo por París, o atendiendo a sus asuntos en una oficina burocrática.
     Ahora bien, dentro de esta vida ordinaria, ella conservaba ese don de escuchar de forma sensible la voz de Jesús (aunque nunca tuvo visiones ni éxtasis), y fue poniendo por escrito muchas de esas conversaciones de forma que muchos de esos Diálogos extraordinarios quedarían disponibles para todos nosotros (para leerlos, visitar página https://gbossis.blogspot.com.es/).



Detalles de su biografía
     Entre los 20 y los 24 años, de acuerdo con la Biografía de Mme. Bouchaud, Gabriela pasó por grandes pruebas interiores, pues algunos religiosos la animaban a inclinarse por la vida contemplativa aunque no era esa la vocación que ella sentía: "Me creían ligera en mi juventud, pero fue entonces cuando experimenté las más profundas penas del alma".  Parece como si esos años hubieran sido la preparación para su misión futura, pues ella en una ocasión había escrito: "¿Qué son los siervos de Dios sino especie de juglares que guían los corazones al Señor?"
     La perseverancia hizo que finalmente encontrase su verdadero sentido a la vocación de apostolado, pero en la forma que mejor se ajustaba a su personalidad soñadora y artista (Dios sabe hacer las cosas; da vocaciones específicas pero respetándonos en todo, especialmente en los aspectos más íntimamente personales). Así, la inspiración le llegó de la mano del padre Olive, su director espiritual y párroco de Fresne, quien la lanzó a la acción: Un día le pidió que le escribiera una comedia para los jóvenes. Era el año de 1923; ella tendría cuarenta y nueve años cuando compuso y representó su primera obra: "El Encanto".
     Esta comedia recorrería varias otras parroquias de la localidad. Muchas otras le seguirían, todas ellas de buen gusto y moral perfecta. Un público cada vez más numeroso acogía estas representaciones con entusiasmo creciente; tanto es así que Gabriela fue invitada a representar a lugares tan distantes como el norte de África, Karacha, Túnez, Cartago, Argelia, Oasis de Golea, y también algunas ciudades de Italia, Canadá, etc. Todo ello en respuesta a lo que Dios le pedía, pero disfrutando de lo que más llenaba su anhelo y fascinación, y es que, ya se sabe, Dios guarda a cada cual un camino específico para poder servirle en la mayor rectitud y al mismo tiempo con el mayor gozo posibleSe conocen sus recorridos, que fueron muchos y notables si tenemos en cuenta la época, sólo por la mención que hace Gabriela de los lugares en los que recibe "palabras interiores".  



     Su experiencia espiritual proseguía durante todos estos años. El mundo no era un obstáculo. Ella escribiría sobre esa perfecta comunicación con Dios. En una ocasión había escuchado estas palabras: "Tus viajes irán trazando el camino del pequeño libro". 
     Gabriela comenzó a escribir sus Diálogos en el año de 1936, a bordo del barco Ille de France que la llevaba a Canadá, en obediencia al Señor. Sus éxitos como escritora y actriz fueron tan grandes que hubo un momento en el que pensó hacer también cine; a pesar de eso, su humildad era muy grande: "Si un día hay algo de bueno en mí, Señor, haz que no lo sepa". Nada impediría la escucha de esa Voz Divina que le hablaba en lo más profundo de su alma pidiéndole que transcribiera sus palabras. 

     Ni que decir tiene que los escritos fueron sometidos a todo tipo de estudios. Para ir al grano y no aburrir demasiado, diremos como conclusión dos cosas que son clave: en primer lugar, nada de lo que se dice en los escritos contradice las verdades de fe de la doctrina católica; en segundo lugar, muchas de las conversaciones contienen afirmaciones doctrinales ciertamente elevadas, y son tan variadas, numerosas y oportunas que, simplemente, es imposible atribuirlas a la invención de una persona como Gabriela. Es más, para despejar cualquier duda, no hay como leer el libro y sacar las oportunas conclusiones.  



Últimos años
     En sus últimos años Gabriela conoció la soledad por una especial solicitud que le hizo Cristo, como preparación para su muerte (ya había experimentado algo similar en su infancia, pues perdió muy pronto a sus padres y a su hermana mayor). Así, cuando murió su fiel sirvienta María, Jesús le pidió que no la reemplazara por nadie. Esto no impediría que Gabriela siguiera gozando de una alegria y una paz interior muy grandes. Sin embargo, nunca le faltaron sabios y prudentes sacerdotes que la estimularan y dirigieran su vida espiritual, velando por ella desde su primera juventud hasta su muerte. Esto lo anotaría ella en sus Cuadernos de 1948, recién muerto uno de ellos. En cierto lugar de sus Diálogos escribe las siguientes palabras que escuchó de Cristo: "Tú has estado siempre bajo mi dirección."
     
     Desde 1939 su vida interior se va perfeccionando por las Horas Santas que Cristo le pide. Sus palabras propias son cada vez más escasas y son las de Jesús las que tienen toda la relevancia hasta su muerte. En el año de 1949 tiene que someterse a una operación quirúrgica. Un ganglio infectado en el pecho la obliga a entrar al hospital. Ella pensó entonces que muy bien podría estar próximo su fin, pero no fue así. Logró recuperarse y, según la opinión de los médicos, no perdió el buen humor y alegría que le eran propios. Parece que fue entonces cuando empezó a perder la vista, pero sin que disminuyera ese entusiasmo propio de un temperamento jovial como el suyo. Un año después volvió a enfermar de pleuresía que le impedía respirar. Esta asfixia llegó a quitársele. No obstante, sus palabras, pronunciadas en voz muy baja, fueron siempre reconfortantes para los amigos que de muchas partes venían a visitarla. 
     Conservó su lucidez hasta los últimos momentos. En abril de 1950, dos meses antes de morir, le comunicó el doctor que no volvería a levantarse. Ella se pregunta: "¿Por qué entonces hay que esperar tanto?". Y, dado su temperamento alegre e impulsivo, ella misma se respondió en seguida: "Puesto que esta muerte está decidida, ¡que se decida!". La Voz le había dicho: "Tú has organizado muchas fiestas, hazme el honor de creer que Yo sé organizar las mías". "Yo cortaré el más dulce de tus dulces suspiros".

     Pocos días antes de su muerte le envía al Padre Parvulez la pluma con la que había escrito "El y yo", y le ofrece los cuadernos originales para que le fuera más fácil leerlos. Una pequeña recopilación de dichos cuadernos se publicó en vida de Gabriela; los demás tomos que componen todas las notas sobre las "palabras interiores" se publicaron después de su muerte. Este mismo sacerdote le había asegurado en una carta, que sus representaciones gustaban, no sólo al auditorio visible sino también al invisible de Dios y de los ángeles. Y otro sacerdote, el Padre Olive, hizo de ella este comentario: "Alma grande, tan compleja y trascendente".

      En la noche que siguió a la fiesta de Corpus (que durante toda su vida fue su festividad favorita), del 8 al 9 de junio del mismo año de 1950, vino la cuidadora a vigilar su estado hacia las cuatro de la mañana; estaba entera y todo parecía normal dentro de su gravedad. La cuidadora se retiró a descansar a otro cuarto y se adormeció. Cuando regresó al lecho de Gabriela, poco tiempo después, la encontró todavía tibia, pero inmóvil.
     Y fue así, en la Divina soledad de Él y ella, como el Señor vino "a recoger el más dulce de sus suspiros". Gabriela fue enterrada con su hábito de Terciaria Franciscana, tal como habían sido sus deseos. Sus sobrinos se encargaron de cumplir la voluntad de su tía tan querida.




UNA LECCIÓN DE VIDA PARA NUESTROS AJETREADOS DÍAS 


     Lo que distingue a EL Y YO de todos otros escritos místicos es que su autora no parece vivir entre los muros de un claustro ni llevar una vida sedentaria, ni siquiera la vida quieta de una madre de familia entregada a su hogar. 
    Se trata de una vida mucho más activa e itinerante, marcada además por el bello matiz artístico de la protagonista, tan sometida en ocasiones a fechas y horarios como nuestras ajetreadas vidas del mundo de hoy.
   
     Son pues las notas espirituales de una mujer de mundo. Por todos los caminos de Francia, y por aquellos lugares distantes por donde fue guiándola la Providencia, Gabriela se va adaptando a las circunstancias y valiéndose de los mil y un vericuetos de la vida para seguir haciendo lo supuso su aliento vital: sus conversaciones con Dios, la cercanía a familiares y amigos, y sus amadas obras de teatro. Algo no muy distinto de lo que pueda hoy hacer cualquier alma entregada que al mismo tiempo disfruta de su quehacer cotidiano, ya sea en una oficina, en el metro, a bordo de un tren, o surcando los cielos. 


     Y... sí, seguramente habrá más referencias al diario en este blog, pero de forma específica he creado uno donde se irá publicando íntegramente el diario: ver aquí 

sábado, 4 de abril de 2015

Huerto de los Olivos: el consuelo de Jesús en Getsemaní.


     De estos días especiales de Semana Santa, cada uno escoge su representación favorita, ya sea en los pasos de las procesiones, en la secuencia de aquella película, o en el fragmento de alguna lectura piadosa.
     De entre todos los misterios, siempre me ha llamado poderosamente la atención el relato del Huerto de los Olivos, y por alguna razón me he sentido identificado con este momento de fuerte amargura en el Corazón de Jesús.
     Los Evangelios sólo nos cuentan lo necesario:

Lectura del Evangelio según San Lucas. 22, 39-46


Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos;


y lo siguieron los discípulos.

Al llegar al sitio, les dijo: "Orad, para no caer en la tentación".
Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra
y, arrodillado, oraba diciendo:
"Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz.
Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba.
En medio de su angustia, oraba con más insistencia.
Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.
Y levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
"¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación".
    

     Todo este aspecto de debilidad de Jesús, estando su naturaleza humana sometida al miedo y al tormento, casi siempre ha sido analizado considerando el lógico rechazo que todos tendríamos al contemplar próxima la tortura y la muerte. También ha sido mil veces discutido el enorme peso que tuvo que suponer la decisión tan tremenda de escoger o no una salida "airosa", para lo cual Jesús pedía a su Padre que le evitase este trance, escogiendo finalmente el sometimiento de su Voluntad a la de Él.
      Como muestra de este sufrimiento, las gotas de sangre que brotaban de su piel han sido uno de los signos que más han identificado este misterio, fenómeno conocido como hematodrosis, y que está acreditado por la ciencia médica como resultado de un fortísimo estrés del sujeto que lo padece.

     Sin embargo, no siempre se ha entrado en el detalle de la angustia padecida por Jesús como consecuencia del sometimiento de su divinidad al pecado personal de todos y cada uno de los que hemos venido al mundo. Este misterio, repugnante a su Santidad, consistió en asumir en su persona el pecado del hombre, haciéndose Cristo unión con toda la humanidad, es decir asumiendo sobre sí con toda nuestra carga de pecado de forma personal. Solamente su Infinita Misericordia pudo hacer posible que "el Santo de Dios" se impregnase de nuestra culpa, asumiendo sobre sí todo lo que la Divina Justicia exige. Asumida pues esta carga, y sometido a la Voluntad de Dios, la Víctima estaba ya preparada para entregarse como expiación por todos. 





ADENTRÁNDONOS EN EL MISTERIO

      Pero ¿cómo fue este momento? ¿Cuánto tuvo que soportar Jesús al derramarse sobre Él todo este torrente de pecado? Los Evangelos no dan más detalle, pues esto no es algo necesario para nuestra salvación, pero a lo largo de la historia de la Iglesia, varios santos han tenido revelaciones o visiones místicas donde han podido contemplar este momento tan crucial.

     Destacamos entre todos a Santa Ana Catalina Emmerick. Esta religiosa alemana que vivió en el siglo XIX, tuvo en su lecho de enfermedad intensísimas experiencias místicas, la mayoría de las cuales quedaron registradas en unas anotaciones que el doctor que estaba a su cargo iba tomando. En su momento, todos estos escritos (y  los testimonios de testigos que la escuchaban mientras estaba en éxtasis), fueron objeto de intensos estudios hasta que la Iglesia otorgó el "nihil obstat", que indica la autorización para creer que estas revelaciones son verdaderas, aunque no forman parte de las verdades de fe que componen el credo católico. Tras su muerte la mística fue favorecida con una gracia especial, y su cuerpo quedó incorrupto, y hoy en día es venerado y puede contemplarse en perfecto estado.




    Entre todos los cuadernos que se conservan de la santa, es de destacar el que recoge los últimos días de Jesús en la Tierra, así como lo que ocurrió tras la Resurrección, con todo lujo de detalle. Esto se debe a que en los largos éxtasis de Santa Catalina, ella recibió la gracia de "trasladarse" en espíritu al lugar y tiempo en el que ocurrieron los hechos, narrando los mismos como si fuese un testigo real en aquel momento.
    
     Respecto al acontecimiento del Huerto de los Olivos, impresiona sobremanera el siguente testimonio:

"Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando. Condujo a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. El Señor, andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo; que entonces los hombres temblarían y gritarían: "¡Montes, cubridnos!". Les dijo también: "Esta noche seréis escandalizados por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea".
Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús. Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de diversos modos, protestando que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles en el mismo sentido, y entonces dijo Pedro: "Aunque todos se escandalizaren por vuestra causa, yo jamás me escandalizaré". El Señor le predijo que antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y Pedro insistió de nuevo, y le dijo: "Aunque tenga que morir con Vos, nunca os negaré". Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y la tristeza de Jesús aumentaba cada vez más. Querían ellos consolarlo de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveía no sucedería. Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y vino sobre ellos la tentación.
Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde fue conducido preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo. Desde el Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús en los últimos días había pasado algunas noches con sus discípulos, se componía de varias casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado de un seto, adonde no había más que plantas de adorno y árboles frutales. Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este jardín, que era un lugar de recreo y de oración. El jardín de los Olivos estaba separado del de Getsemaní por un camino; estaba abierto, cercado sólo por una tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní. Había en él grutas, terraplenes y muchos olivos, y fácilmente se encontraban sitios a propósito para la oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más retirado de todos.  




Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos. Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan abatido. "Mi alma está triste hasta la muerte", respondió Jesús; y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes cargadas de figuras terribles. Entonces dijo a los tres Apóstoles: "Quedaos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación". Jesús bajó un poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual estaban los Apóstoles en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba poco a poco en esta gruta, y las plantas asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la entrada, de modo que no podía ser visto.


Cuando Jesús se separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban cada vez más. Su tristeza y su angustia aumentaban; penetró temblando en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el horrible espectáculo de todos los pecados cometidos desde la caída del primer hombre hasta el fin del mundo, y su juicio. A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en esta misma gruta habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al entregarse a la divina justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en su pura, amante e inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la sacrificaba a las angustias y a los padecimientos.
Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior; los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad: "¡Como!, ¿tomarás tú éste también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?".
Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi salir hacia mí como un río en donde todas mis culpas me fueron presentadas. Al principio Jesús estaba arrodillado, y oraba con serenidad; pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó diciendo: "¡Padre mío, todo os es posible: alejad este cáliz!". Después se recogió y dijo: "Que vuestra voluntad se haga y no la mía". Su voluntad era la de su Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto de la muerte.
Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que le oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos; inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó, temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la cabeza. 



     Eran cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado de sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió a la izquierda de la gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos, fatigados de tristeza y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre cercado de angustias a quien el terror le hace recurrir a sus amigos, y semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro próximo, viene a visitar a su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y de inquietud, y dijo: "Simón, ¿duermes?". Despertáronse al punto; se levantaron y díjoles en su abandono: "¿No podíais velar una hora conmigo?". 
     Cuando le vieron descompuesto, pálido, temblando, empapado en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido. Juan le dijo: "Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos huir?". Jesús respondió: "Si viviera, enseñara y curara todavía treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse: caerían en tentación, olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero vela y ora para no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la carne es débil".
Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad. Les habló todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y se preguntaban: "¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un abandono completo?". Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos de ansiedad y de tristeza. 
     Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de hora y media, desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En efecto, dice en la Escritura: "¿No habéis podido velar una hora conmigo?". Pero esto no debe entenderse a la letra y según nuestro modo de contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían orado primero, después se habían dormido, porque habían caído en tentación por falta de confianza. Los otros ocho, que se habían quedado a la entrada, no dormían: la tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús los había dejado muy inquietos; erraban por el monte de los Olivos para buscar algún refugio en caso de peligro.




Había poco ruido en Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en los preparativos de la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen algún acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de Cleofás, María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de María, madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso venir al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de Arimatea, y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones de Jesús en el Cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían oído que se preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al Señor tan cerca de la fiesta.
     Ellos no sabían nada de la traición de Judas. María les habló de la agitación de éste en los últimos días y de qué manera había salido del Cenáculo: seguramente había ido a denunciar a Jesús (Ella le había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición).
Las santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos. 



Cuando Jesús volvió a la gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con el rostro contra la tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la significación de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor de sangre salió de todo su cuerpo.



Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de compasión; hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban ardientemente consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo como una lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor cuya alma iba a sufrir nuevos ataques. 




Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos combates por su abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se hizo esta terrible pregunta: "¿Cuál será el fruto de este sacrificio?". Y el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles. Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos. Vio una infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida, como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la puerta. 
     El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus padecimientos. Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y dijo: "Estad quietos: yo voy a Él". Lo vi correr y entrar en la gruta, exclamando: "Maestro, ¿qué tenéis?" . Y se quedó temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar: "Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad se haga y no la mía!".
En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba.
Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes; desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior.
Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse.Vi las gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. 
Después de la visión que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas en la misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de ellos, con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole por los brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo llevarían ante un tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la muerte más cruel. No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.



Durante esta agonía de Jesús, vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María, madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa, encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas. Había enviado un mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo, y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo.
En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní, conversaron entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: "¿Qué haremos nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle; somos pobres y desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente a Él, y ahora está tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún consuelo".


EL CONSUELO DE JESÚS

     Es mucho lo que tuvo que padecer Jesus en este "trance de pecado", así como el temor de la muerte atroz que se avecinaba. Sin embargo, sabemos que en medio del dolor, el ángel del Señor lo confortó. ¿En qué consistía este consuelo? Ana Catalina Emmerick nos cuenta lo siguiente:

     "Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante de Él, y los primeros grados del limbo se le presentaron. Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de su Madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que, juntando sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse por medio de Él al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio la salvación y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de redención abierto después de su muerte.
Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y las mujeres, todos los mártires, los confesores y los ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de religiosos, en fin, todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su vista. Todos llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido la gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión con los méritos de Jesucristo."



     Fueron pues estas visiones en las que podía contemplar el fruto de su inmolación como Víctima perfecta, el auténtico resorte en el que se agarró su debilitada naturaleza humana para asumir la necesaria Redención. Ahora ya podía de alguna manera anticipar el triunfo de la Resurrección que sellaría su obra salvífica. 


LAS ÚLTIMAS TENTACIONES EN LA NOCHE OSCURA

     Sigue narrando la santa:

     "Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María, la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue presentado con las más pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después desapareció.



Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre celestial. Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el punto de poder ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin sucumbir bajo el peso de su dolor.
Cuando Jesús llegó a sus discípulos, estaban éstos acostados como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les dijo que no era tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. "Ved aquí a hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores", les dijo; "levantaos y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no haber nacido". Los Apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a llamar a los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró a cierta distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les recomendó que consolaran a su Madre, y les dijo: "Vamos a su encuentro: me entregaré sin resistencia entre las manos de mis enemigos". Entonces salió del jardín de los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los soldados en el camino que estaba entre el jardín y Getsemaní."


NUESTRO PAPEL EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS

     Tremendo ¿no? Significa esto que, de alguna manera, todos hemos desempeñado un papel en Getsemaní. Por un lado, en mayor o menor grado hemos contribuido a la carga de dolor nauseabunda por nuestro pecado personal, pues Jesús tuvo que asumir en su Divinidad esta carga de pecado; pero por otro lado, también tenemos la oportunidad de formar parte de ese alivio que consistía en contemplar los frutos de su entrega en la Cruz. Es decir, por este misterio derivado de la contemplación que vivió Jesús, todos tenemos la oportunidad, el privilegio y la responsabilidad de aliviar la carga de dolor del trance de Getsemaní.
     Son muchos los santos que consciente o inconscientemente, conmovidos por el pasaje del huerto de los olivos, han procurado buscar consuelo para el Corazón de Jesús. Así por ejemplo, nuestra santa Teresa de Jesús, de cuyo nacimiento se acaban de cumplir 500 años, era fiel a este misterio. En el libro "Teresa de Jesús, fundadora y orante", de Jesús Martí Ballester, encontramos lo siguiente:
    "Comenzó a orar acompañando a Cristo, consolándole y deseando limpiarle el sudor en la Oración del Huerto. No era una oración racional, sino un diálogo vivo con Dios. Es verdad lo que dice, tras su estudio grafológico, Moretti: «Su espíritu se apoya menos en el raciocinio que en la intuición nutrida de un derroche de imaginación». Aquel corazón que había despertado al amor, después de haber experimentado ese sentimiento tan bello y tan grandioso y transformante, necesitaba depositar ese amor en otro corazón más grande, que no estuviera sujeto a la mutabilidad humana, y que durara siempre, eternamente, que será el de Cristo. Se cumple lo que diagnostica Moretti: «Sabe distinguir los sentimientos auténticos y los espurios y, por ende, pone en orden la vida psíquica y orienta el sentimiento, tanto en el trato como en sus relaciones con Dios». Comenzó a orar acompañando a Cristo en la Oración del Huerto, porque es ahí donde le ve más solo. Tiene el Señor una especial necesidad de consuelo en la Oración del Huerto."

 A otra mística contemporánea, Gabrielle Bossis, ha dicho el Salvador: «¡Os necesito tanto en el Huerto de los Olivos! ¡Me hallaba tan solo en mi extremada agonía!»



Son especialmente ilustrativas las siguientes palabras que encontramos en su diario:
     "Deseo  que  venga  a  consolarme  el  pensamiento  cálido  y  fiel  de  Mis  amigos.  Yo,  en  cambio,  los  consolaré  cuando  se  duerman  para  el  tránsito  a  la  otra  vida. Extraña  cosa,  ¿no es verdad?  ¡Que una simple creatura pueda consolar a su Dios!  Y  sin  embargo,  es  así.  Mi  Amor invierte los papeles,  proveyéndolos como  de  un medio nuevo,  como una especie de protección que se Me puede prestar;  tanta así es la necesidad que Yo tengo de recibir todas vuestras maneras de amar,  todas  las formas que puede tomar vuestra ternura."

     Diríamos que la Misericordia de Dios ha sido tan grande con el hombre, que le ha otorgado incluso el privilegio de poder ser Uno-con-Cristo, hasta el extremo de que se le ha otorgado un papel de participación no sólo en la propia redención del hombre (cuando unimos nuestra cruz a la de Cristo), sino también un papel de amigo intimísimo de Jesús, al que podemos unirnos de forma especial en sus momentos más amargos. Gran oportunidad ésta para reparar por tanto daño y para resarcir en parte la dolorosa Pasión de Cristo, es decir, la gran ofrenda que tan cara tuvo que pagar como única Víctima expiatoria.

     Tomemos pues en serio este regalo tan especial, y no olvidemos esta oportunidad de consuelo en nuestra ofrenda diaria personal. Como muestra, una oración para comenzar cada día:

 Padre Eterno
Yo te ofrezco todos los actos cotidianos del día
por medio de las manos purísimas de María,
para que unidos a los méritos infinitos de tu Hijo
sean para Ti una ofrenda agradable:
para tu mayor gloria
para la pronta llegada de tu reino,
y por la salvación de las almas;
también como consuelo de Nuestro Señor
en la noche oscura del Huerto de los Olivos
y consuelo de los dolores de María.
Gracias Señor, en Ti confío.